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Pero además, para la creación de una acción,
cualquier performer debería reflexionar al menos acerca de cinco factores
imprescindibles de su estructura, de cuya elección o modo de hacer dependerá el
desarrollo y evolución de la acción misma. Hacemos referencia con ello a los
conceptos de espacio y de tiempo, al alejamiento de la noción de representación,
a la necesaria presencia del cuerpo del performer y a la exigencia de la idea;
factores que trataremos a continuación de forma concisa.
Hablar del tratamiento del espacio en la performance es algo tan exigible como
necesario. Un espacio que el performer escogerá entre muy diversas opciones y
que deberá sentirse como algo integrado a la acción; como una especie de
prolongación del cuerpo que interviene. En mi opinión, el espacio escogido se
convierte en signo y entra a formar parte de la trama semántica. El espacio dirá
tanto como el cuerpo en infinidad de ocasiones, y estará determinado por la
elección o elecciones que hayamos hecho. Podremos escoger, por ejemplo, un lugar
fijo, concreto; un lugar en el cual se vaya a desarrollar toda la actuación,
como yo suelo hacer en muchos casos; o bien podremos considerar que la elección
de dos o más lugares distintos, relacionados entre sí, es lo más conveniente
para la exposición práctica de la idea. Resulta evidente que el desarrollo de la
acción contendrá diferencias muy notables, según se considere uno u otro
espacio, determinando la actuación misma y configurando tanto la percepción del
performer como la del receptor.
El espacio es un material, no un vacío, decía Nicolas Schöffer al hablar
de sus esculturas cinéticas. Un espacio que puede quedar materialmente definido
tanto por el movimiento del performer, como por la iluminación producida por un
foco emisor cualquiera, o por el conjunto de elementos objetuales combinados que
intervienen en la acción misma. De este modo, el desplazamiento del performer a
lo largo de una línea de recorrido, marcará el espacio tanto como las posibles
señales de luz producidas por una serie de velas encendidas situadas en ese
mismo recorrido o por las generadas al dejar caer, por ejemplo, una serie de
objetos diversos a lo largo de la trayectoria en cuestión. Y este espacio ya
determinado no sería sólo un lugar en donde el performer se desplaza y ocupa
sucesivamente, sino que debía ser sentido como materia, como cuerpo, equivalente
al cuerpo del performer que allí interviene. Para ello trato de establecer un
contacto de igual a igual con el objeto, evitando que éste sea tratado como un
utensilio al servicio de mi propia acción. Trato de relacionarme con las cosas
considerándolas al mismo nivel que mi cuerpo-materia: yo soy tan objeto como el
objeto con el que me relaciono en la acción. Si una hoja de papel interviene en
mi pieza, por ejemplo, procuro sentirme tan hoja de papel como ella. De ese modo
provoco una relación distinta y facilito la captación del espacio envolvente
como materia, como cuerpo.
Pero el espacio podrá ser tratado de maneras muy diversas. Ya he hablado de que
la iluminación por cualquier tipo de foco emisor, marca o determina un espacio;
y también del hecho de señalar o de apropiarse de un recorrido realizado o a
realizar como lugar de desarrollo de la acción. Pero haré mención también de la
posibilidad de hacer uso de diversos espacios simultáneos, al modo de algunas
intervenciones futuristas, cuando existan, naturalmente, los medios y
condiciones de actuación conjunta con otra u otras personas a la vez,
desarrollando acciones independientes unas de otras, extrañas entre sí, o en
todo caso, provistas de un frágil nexo que las una. A este respecto, recuerdo
una frase de Mario Merz que decía: Un árbol y un bosque ocupan el mismo
tiempo pero distinto espacio. Estaríamos tratando de esto tal vez: de la
conjunción entre un árbol y un bosque.
Aunque también haré mención de la posibilidad de intervención en un espacio
situado en el interior de otro; bien sea mediante un proceso de descubrimiento
de uno en el interior otro, como, por ejemplo, mediante la manipulación de una
caja o de un recipiente en cuyo interior propiamente se lleva a cabo la acción
misma, o bien mediante una performance en la que el cuerpo del sujeto se
desplazará de un espacio a otro espacio contenido en el mismo, marcado tal vez
por una iluminación distinta o por algún otro tipo de señal, en el que
desarrollará la parte más esencial de su intervención tras deslizarse de uno a
otro.
Siempre he considerado de interés el tratamiento de un espacio mínimo,
concentrado, focalizado. Me da la impresión que, al hacer uso de una dimensión
reducida, se produce un doble efecto: en primer lugar se provoca cierta
concentración general de la atención, pero además se produce y manifiesta un
alejamiento de la idea de espectáculo, que, en mi opinión, nada tiene que ver
con la noción de performance.
Pero vuelvo de nuevo a Mario Merz y diré con él que el espacio está
controlado por el tiempo. Por un tiempo que habrá que tratar y tener en
cuenta a la hora de hacer, de construir, de articular una acción determinada.
Para Gutai, lo importante en el arte de acción era hacer perceptible el espacio
y el tiempo. Hacerlo perceptible, tanto al otro, al receptor, como al propio
performer. Y así, en este orden de cosas, tal vez se hace más perceptible o
visible el factor tiempo cuando éste se muestra y advierte de forma discontinua,
fragmentaria, interrumpida; cuando se evita la exposición de lo narrativo;
cuando no se relata ni se describe nada. En realidad yo entiendo así el arte de
la performance: ajeno al ejercicio de lo narrativo. No hay nada que contar ni
decir al otro. Se trata, a ni parecer de articular fragmentos, insinuaciones,
apuntes, notas, que vistas en su conjunto carecen de sentido, pero que, en
palabras de Josette Féral generan sentido. Y repito, tal vez sea esa
fractura del discurso lo que nos permita captar con mayor inmediatez, el factor
tiempo.
Soy de la opinión de que, al crear una performance, la dimensión temporal esté
provista de su duración real; que cuando leamos un texto, o nos sentemos en una
silla, el tiempo de lectura o el del hecho de sentarse sean equivalentes al
empleado en una circunstancia común, y será importante que se advierta como tal,
en interferencia y cruce con otros gestos o movimientos, provistos igualmente de
su propia duración.
Por otra parte la estructura de la acción podría ser abierta y el factor de
tiempo podría mostrarse indeterminado. Podría tratarse de una performance que no
tiene un comienzo o un fin preciso y dispone por tanto de una duración
imprevisible. Una duración imprevisible posibilita que la performance o el
happening no llegue a realizarse nunca o que tal vez no se sepa cuando ha
alcanzado su fin , o incluso, ni siquiera, si ha llegado a finalizar.
Añadiré además la posibilidad de utilizar las imágenes pregrabadas de algún
acontecimiento, como parte constituyente de la propia acción. El registro en
vídeo del proceso de alguna cosa o hecho que da cuenta de su carácter virtual.
Tiempo virtual diríamos, articulable y relacionable con el tiempo real de
desarrollo de la acción misma. Tiempo virtual que personalmente me exijo que
esté perfectamente tramado con el tiempo virtual y, a su vez, con un tercer
componente temporal: el tiempo mental que menciona la performer Concha
Jerez cuando habla o escribe sobre sus propias acciones.
Pero una performance podría ser brevísima o tener una gran duración. Podría
durar tan sólo un instante o prolongarse mucho en el tiempo. No hay nada
predicho cuando iniciamos el desarrollo de una idea de acción. Y esa duración
podrá desarrollarse de forma lineal o adoptar tal vez una configuración en
círculo, cuando queramos que el proceso vuelva a reproducirse un número
determinado de veces o, en otras palabras, cuando queramos que cierto ejercicio
repetitivo se instale en el interior de la performance. Desarrollamos entonces
alguna operación concreta y volvemos de nuevo al punto inicial para reproducir
de nuevo el recorrido que acabábamos de realizar. Para la filosofía china el
tiempo era a la vez lineal y circular. Tal vez habría que considerar más a
menudo esta conjunción de tiempos y tratar de incorporar un mayor número de
intervenciones repetitivas en el centro de la propia acción. Y diremos además
que esa repetición la podemos hacer a velocidades distintas: el círculo se
producirá en cada ocasión, pero se construirá más pequeño o más grande que el
desarrollado en el momento inmediato anterior.
En el tratamiento del componente tiempo tengo en cuenta además la posibilidad de
intervenir de forma simultánea con otra persona que lleva a cabo una acción
distinta; o conmigo mismo, en el caso de construir una acción que utilice cierto
registro personal de imagen o sonido; o de ambos al mismo tiempo, combinando
tiempo real con tiempo real en el primer caso o tiempo real con tiempo virtual
en el segundo, y generando en ambos un tiempo denso, en el que transcurren
diversos acontecimientos a la vez, provocando así un encabalgamiento perceptivo
que pudiera tener interés para la creación de algunas performances.
Añadiré finalmente algunos otros modos de utilización del factor temporal como
el anuncio de la realización de una acción en el que se dice se llevará a cabo
tal o cual performance a cierta hora en un lugar determinado; los relativos a la
utilización de la pausa, de la cesura, de la interrupción de una acción durante
el desarrollo de la misma, en la que el tiempo transcurre sin intervención
alguna del performer. Y también, en otro orden de cosas, la posibilidad de
intervenir conjuntamente con otra persona que desarrolla el proceso inverso de
lo que uno está haciendo, combinando tiempos invertidos de producción o de
ejecución de una determinada acción.
Y en cuanto al alejamiento de la noción de representación a la que aludíamos al
principio del texto, diré en primer lugar que me parece un requisito necesario a
toda performance. Considero que uno de los aspectos creativos más fundamentales
de este arte intermedia es el desarrollo de una vía ajena a cualquier práctica
específica concreta, como es, por ejemplo, el teatro. Y es precisamente el
distanciamiento para con el hecho teatral lo que obliga a la performance a
indagar en un terreno en el que la representación no tenga lugar o al menos se
evite en lo posible.
Representar significa
copiar alguna cosa; reproducir algo anteriormente conocido quizá por unos pocos,
o tal vez colectivamente, y volverlo a mostrar evocando el acontecimiento
anterior, rememorándolo. Toda representación contiene y conlleva un
condicionamiento producido por la realidad evocada. Y añadiremos que cuando la
representación se manifiesta con más fuerza en una situación, se provoca una
disminución de la capacidad de imaginar por parte de aquellos que están viviendo
esa situación concreta, lo que constituye a mi parecer una especie de peso, de
losa, de bloque, a dejar de tener en cuenta.
Pero el
distanciamiento de la aplicación de la representación a un hecho, a un
acontecimiento o a una performance, como ahora tratamos, es siempre relativo.
Considero que toda circunstancia o quehacer es siempre necesariamente
representativo; conlleva inserto en sí mismo, podríamos decir, un factor de
representación. Y no sólo eso sino que toda nominación -dirá Julia
Kristeva- es una representación. Bastará pues nombrar, y no digamos
mostrar alguna cosa, para que el mero enunciado o la simple relación con un
objeto evoquen un acontecimiento o una situación concreta. Y así quisiera
afirmar, que cuando hablo del alejamiento de la idea de la representación en la
creación de una performance, no me refiero a la exclusión del enunciado o a la
negación obligada de la presencia de algún objeto en la misma, sino más bien al
interés en que dicha acción mantenga un cierto distanciamiento de la trama
lógica, del discurso de la narración. En consecuencia, intentaría y procuraría
atender ante todo a la sintaxis, a la articulación de los componentes en la
misma, que constituirán en sí mismos el ropaje de la idea inicialmente obtenida.
Y añadiré que el
engranaje fragmentario de que tratan las performances, contendrá necesariamente,
ya lo he dicho, una idea central en torno a la cual coordinaré las diversas
operaciones o acciones mínimas, que se manifestarán ilógicas entre sí, ajenas
como hemos dicho al discurso de lo narrativo. Pero la manera de disponerlas, de
emplazarlas, de situarlas en el tiempo, provocará una mayor o menor ambigüedad
en la performance concreta que estemos creando. La ambigüedad es un hecho
puramente sintáctico, dirá Todorov. Y es sabido además que un alto grado de
ambigüedad es capaz de permitir o de facilitar una interpretación múltiple de
una acontecimiento concreto. Cada cual escoge el grado de ambigüedad que le
parece más apropiado par la creación. Por mi parte, yo trato de provocar un
nivel reducido de posibles interpretaciones pues creo que, de este modo, evito
en parte la perplejidad o la excesiva indeterminación que nunca han sido de mi
agrado.
Pero tanto la idea,
el tiempo y el espacio escogidos , como el alejamiento de la sintaxis
representativa, deberán de ir articuladas al cuerpo del performer; a ese cuerpo
que se exige inserto en la acción, dispuesto a notarse, a percibirse y a
mostrarse como un objeto más; como un objeto entre objetos; como sujeto cero,
que se ha anulado a sí mismo de su voluntad de intervenir, de decir, de actuar,
de mostrarse manipulador de su propia intervención. Es ese cuerpo neutro,
objetualizado, lo que queremos y entendemos posibilita la transmisión de
energía, el contagio del otro, lejos ya de cualquier voluntad de transmisión de
códigos, de leyes, o de modos de ver. Hablamos así de una habla sin orden, densa
y a su vez pletórica de decir. Pero de un decir que no dice nada concreto, sino
que más bien grita una amalgama de voces, desnudas de sentido pero que, como ya
hemos dicho, son capaces de generar sentido.
Bartolomé Ferrando
1
–Popper, Frank. Arte, acción y participación. Ediciones Akal, Madrid.
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P
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2
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scritture e strutture intermediali nella
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10
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13
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–Schilling, Jürgen. Aktionkunst. Identität von
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21
–Ferrer, Esther. Fluxus & Zaj. En Zehar número 28. Boletín de
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Catálogo Esther Ferrer. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Sevilla.
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–Glusberg, Jorge. Retórica del arte latinoamericano. Ediciones Nueva Visión.
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28
–Kaprow, Allan. L’art et la vie confondus. Editions du Centre Georges
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Barcelona. 1977. pp. 170-171
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